Asalvajado













Alguna que otra vez hemos comentado en este blog, que los Acantilados son tan pequeños que no dan para asalvajar a nadie. Es tan cercana y está tan presente la civilización por doquier, que quien quiera asalvajarse lo iba a tener difícil. Pero cuando hablamos de Naturaleza todo puede suceder: el arroyo que llevaba unas decenas de años sin llevar agua, de buenas a primera se convierte en un caudaloso y exterminador río; las laderas que han estados miles de años firmes como rocas, nunca mejor dicho, se desplazan, justo cuando se han construido unas pocas de viviendas sobre ellas;….. podríamos seguir poniendo algunos ejemplos más de cómo nos puede sorprender la Naturaleza.

Con nuestro protagonista sucedió algo igual. Digo sucedió, porque poco duró la aventura “robinsona” de quien nos ocupa. Aunque por estos parajes, eso de emular a Robinson Crusoe, no es sólo digno de los perros; algún día escribiremos sobre esos “Robinsones” de dos piernas. Para que ello sucediera tuvieron que intervenir varios factores. Primero, un lugar con animales salvajes codiciados por unos “señores”. Segundo, la búsqueda y abatimiento de esos animales por esos “señores”. Tercero,  abandono de la practica totalidad del animal abatido en el monte, sólo les interesa la cabeza. Cuarto, un perro al que se le avive su instinto depredador y un poquito de hambre (cómo suena de terrorífico, lo de depredador). 

Todas estas circunstancias se alinearon, como astros nigromantes, para que nuestro protagonista deambulara durante varias semanas por la misma zona, alimentándose de los restos de varios machos monteses abatidos por los furtivos. Durante ese tiempo pudimos comprobar, digo pudimos, por que fuimos dos las personas que estuvimos siguiendo las andanzas del can; cómo iba adquiriendo todas las pautas propias del animal salvaje que llevaba dentro. Nos guardaba las distancias, a pesar de las continuas llamadas y gestos realizados para que se acercara. Nos intentaba engañar con el lugar donde tenía guardado los restos de los animales muertos. Se iba escondiendo detrás de la vegetación para que no le viésemos, pero no nos quitaba ojo de encima. Mostraba sin filtro alguno, las conductas más primigenias del can salvaje.

Fueron unas semanas amenas siguiendo las andanzas de nuestro amigo “Robinson”, fácil de controlar por que vagó por la misma zona durante todo el tiempo que le duró la aventura, o la comida. Ya no sabemos, sin se marchó porque acabó con la despensa; o porque sus dueños, quizás preocupados por tan largo periodo fuera de casa, lo buscaran y terminaran encontrándolo. ¡Tal como apareció se esfumó!

Así, que osado caminante que te adentras por estos Acantilados con tu mascota para darle un día de esparcimiento y asueto; cruza los dedos, reza, o encomiéndate al ser supremo que le tengas más devoción, para que los factores antes citado no se alineen y hagan que en tu mascota se despierte el instinto depredador que lleva dentro, pues todo el tiempo y el dinero que invertiste en su educación se irán al “garete”.

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