Escribano montesino (Emberiza cia africana)


Foto de la Wikipedia













El escribano montesino es un ave del tamaño de un gorrión, que recibe su nombre de los trazos y color de sus huevos, que se parecen a las manchas de tinta que los antiguos escribanos dejaban en los escritos. Singular circunstancia ésta, de que se conozca al ave más por sus huevos que por su bella fisonomía. El “montesino” es una bella ave, aunque en un primer contacto visual, sobretodo en vuelo, nos parezca anodino. Sólo su larga cola nos llamará su atención. Será su contemplación más cercana la que nos irá revelando toda su singularidad y sus características facciones. Nos llamará la atención su característica cabeza, con esas franjas negras a modo de antifaz. Su pecho gris y sus tonos pardos o rojizos de todo su cuerpo, y su larga cola. Tiene un comportamiento bastante tímido que lo hace pasar fácilmente desapercibido.

El “montesino” es un ave que prefiere las zonas montañosas y accidentadas, y es a partir de septiembre cuando empiezan a descender a terrenos más cálidos. En los Acantilados, por ser terrenos muy accidentados, es una especie que se suele ver con bastante frecuencia, en cualquier tipo de terreno y posada en cualquier tipo de árbol o arbusto, incluso muchas veces en el suelo. Por los avistamientos realizados en los Acantilados durante todas las estaciones, podríamos decir, que el “montesino” es un ave que tiene su residencia permanente y que cría por estos parajes.

En España existen dos subespecies de “montesinos”: “emberiza cia cia” y “emberiza cia africana”. Es obvio decir, que la especie que podemos observar por los Acantilados es la “africana”. También tendría que decir que he buscado información para diferenciar ambas especies, y no la he encontrado. He comprobado imágenes de la “emberiza cia cia”, con imágenes de los ejemplares fotografiados en los Acantilados, y las diferencias apenas existen. Una característica que podría diferenciarlas, sería el color gris de la nuca y pecho, que en la africana esa mancha en la nuca es prácticamente inexistente, notándose en esa parte de la nuca, una prolongación de los colores y manchas de la cabeza. Pero también he podido notar, que no en todos los ejemplares se dan, ello podría deberse a que algunas de las fotos realizadas en los Acantilados, se correspondan con ejemplares de “cia cia” que hayan emigrados de latitudes septentrionales. Aquí hasta el momento, tenemos un serio problema de identificación. Lo que parece estar más claro, es que en los escribanos montesinos no hay una verdadera migración hacia Africa, al criar la especie en el norte del continente, por lo que es difícil determinar en qué proporción pueden los escribanos montesinos europeos atravesar el Mediterráneo. ¿Se quedarán entonces, todos los escribanos de latitudes septentrionales por el Sur de la Península? La verdad, que tampoco se advierte por los Acantilados un aumento de ejemplares de una estación a otra. Este ave sigue pasando desapercibido en cualquier época del año.

Así que osado y perspicaz senderista que recorres estos Acantilados, como podrás comprobar por estas líneas, no sólo en la especie humana hay esa diferenciación entre los del Norte y los africanos del Sur. También las aves cuentan con esa diferenciación. Pero que esto no te produzca una angustia y una animadversión hacia el diferente, todo lo contrario, estas diferencias dan hermosura, pluralidad y diversidad a la especie humana. Aunque todos los tiros en la actualidad, vayan hacia la homogeneidad, hacia una única civilización y religión verdadera, y sobretodo hacia un pensamiento único.



 

Asalvajado













Alguna que otra vez hemos comentado en este blog, que los Acantilados son tan pequeños que no dan para asalvajar a nadie. Es tan cercana y está tan presente la civilización por doquier, que quien quiera asalvajarse lo iba a tener difícil. Pero cuando hablamos de Naturaleza todo puede suceder: el arroyo que llevaba unas decenas de años sin llevar agua, de buenas a primera se convierte en un caudaloso y exterminador río; las laderas que han estados miles de años firmes como rocas, nunca mejor dicho, se desplazan, justo cuando se han construido unas pocas de viviendas sobre ellas;….. podríamos seguir poniendo algunos ejemplos más de cómo nos puede sorprender la Naturaleza.

Con nuestro protagonista sucedió algo igual. Digo sucedió, porque poco duró la aventura “robinsona” de quien nos ocupa. Aunque por estos parajes, eso de emular a Robinson Crusoe, no es sólo digno de los perros; algún día escribiremos sobre esos “Robinsones” de dos piernas. Para que ello sucediera tuvieron que intervenir varios factores. Primero, un lugar con animales salvajes codiciados por unos “señores”. Segundo, la búsqueda y abatimiento de esos animales por esos “señores”. Tercero,  abandono de la practica totalidad del animal abatido en el monte, sólo les interesa la cabeza. Cuarto, un perro al que se le avive su instinto depredador y un poquito de hambre (cómo suena de terrorífico, lo de depredador). 

Todas estas circunstancias se alinearon, como astros nigromantes, para que nuestro protagonista deambulara durante varias semanas por la misma zona, alimentándose de los restos de varios machos monteses abatidos por los furtivos. Durante ese tiempo pudimos comprobar, digo pudimos, por que fuimos dos las personas que estuvimos siguiendo las andanzas del can; cómo iba adquiriendo todas las pautas propias del animal salvaje que llevaba dentro. Nos guardaba las distancias, a pesar de las continuas llamadas y gestos realizados para que se acercara. Nos intentaba engañar con el lugar donde tenía guardado los restos de los animales muertos. Se iba escondiendo detrás de la vegetación para que no le viésemos, pero no nos quitaba ojo de encima. Mostraba sin filtro alguno, las conductas más primigenias del can salvaje.

Fueron unas semanas amenas siguiendo las andanzas de nuestro amigo “Robinson”, fácil de controlar por que vagó por la misma zona durante todo el tiempo que le duró la aventura, o la comida. Ya no sabemos, sin se marchó porque acabó con la despensa; o porque sus dueños, quizás preocupados por tan largo periodo fuera de casa, lo buscaran y terminaran encontrándolo. ¡Tal como apareció se esfumó!

Así, que osado caminante que te adentras por estos Acantilados con tu mascota para darle un día de esparcimiento y asueto; cruza los dedos, reza, o encomiéndate al ser supremo que le tengas más devoción, para que los factores antes citado no se alineen y hagan que en tu mascota se despierte el instinto depredador que lleva dentro, pues todo el tiempo y el dinero que invertiste en su educación se irán al “garete”.

Molino de papel de Centurión















Mejores tiempos vivió este enorme edificio, que hoy es contemplado, pero no admirado, por encontrarse junto a una de las playas de moda para los surfistas de la zona. Todos saben que la playa en cuestión es la del Molino de Papel, pero pocos sabrán de la importancia que tuvo ese gran caserón, por el que pasan a su lado, para trasladar sus bártulos y tablas, y acceder a esa guijarrosa playa.

Tiempos del trasegar de barcos aportando trapos y harapos, recogido en colonias y ciudades, para la obtención de un excelente papel blanco; y de barcos, transportando el papel hasta la industrializada Málaga. Papel utilizado para el envasado de frutas y de pasas, y sobre todo para abastecer de materia prima a la Real Fábrica de Naipes de Macharaviaya. ¡Ya entonces el juego, era un negocio bastante lucrativo!

¿Cuántas barajas de cartas hechas con el material elaborado en el Molino se distribuyeron por toda Latinoamérica? ¿En cuántos tugurios, timbirimbas, antros, timbas, desplumaderos, fueron arruinados los desafortunados, con naipes fabricados con papel del Molino?

La rueda de la “fortuna” que comienza y termina con los mismos mortales: “los desafortunados”. Desafortunados que tienen que trabajar en unas condiciones de vida insalubres en los sótanos de los molinos para la obtención del papel. Con enorme humedad, falta de luz y un ruido ensordecedor de los mazos al golpear las tinas, para ir deshaciendo, hasta formar una pasta, los harapos troceados a mano. Desafortunados que creían que las cartas que tenían entre sus manos, les llevarían hacia la gloria, pero que terminarían la mayoría de las veces, entrando por las puertas del abismo.

Pero el tiempo, tiene ese poder insólito del olvido y de relativizarlo todo, y este descomunal edificio, ya en desuso desde hace casi un siglo, sigue perfectamente conservado y actualmente habitado. Hay quienes abogan por la restauración de las zonas propiamente dichas del molino, que son las que en peor estado están. La necesidad de recuperar el legado industrial de la zona, nos guste o no, es una tarea que cualquier administración tiene que emprender. No puede esfumarse en la neblina de la modernidad, edificios que tuvieron una relevancia en tiempos pasados. Debemos de transmitir todo ese ingente patrimonio que nuestra comarca conserva, y este molino de Centurión es un ejemplo. Con “sol y playa”, pero sin agua, hemos estado viviendo durante décadas, pero los nuevos turistas, ya no se conforman sólo con eso. Debemos ofertarles todo lo que tenemos oculto en cuanto a Patrimonio histórico y cultural. 

Así que osado surfista, playero o senderista que bajas a la playa del Molino de papel esperando seguir la ruta, o esperando coger esa ola soñada, o simplemente, para darte un refrescón en sus cristalinas aguas; espero que cuando pases junto a ese enorme edificio, lo contemples con otros ojos.


 

Silene obtusifolia















Complicado ha sido encontrar imágenes para esta entrada sobre la silense obtusifolia. Su posible confusión con otras silenes, hace que haya que ir con pies de plomo para no introducir fotos que no pertenezcan a la especie. De todas maneras, observador caminante que te adentras por estos parajes, si has visto con detenimiento las imágenes que acompañan a esta entrada, y observas que se ha colado alguna, que no concuerde con la silene obtusifolia, házmelo llegar sin ningún tipo de problema. ¡Para determinadas especies hay que realizar una maestría en botánica! Aunque dichas especies, como las que nos ocupa tengan los roquedos calizos en acantilados marinos, como su hábitat natural; y ello, ya de por sí, restrinja bastante las especies que se adapten bien a tan inhóspito hábitat. Pero aún así, siempre hay algunas familias que tienen varias especies que nos puedan llevar a error.

La silense obtusifolia tiene una área bastante restringida. Rara en arenales costeros, pero como hemos dicho anteriormente, presente en roquedos costeros, la podemos encontrar en el sur de la Península Ibérica, Argelia, Marruecos y Canarias (Lanzarote). Es por lo tanto una planta difícil de encontrar y poder observar, aunque no es una rareza. Sólo necesitamos acercarnos a su hábitat habitual en la época adecuada y podemos observarla sin ningún tipo de problema. Es importante lo de la época adecuada, pues su vida en tan exigente hábitat, hace que su presencia sea durante un corto periodo de tiempo; y para más dificultad, durante ese año las lluvias no se han dejado de ver por esos parajes, todavía se reduce más su ¡Eso sí! Cuidado con no confundirla con la “colorata”, pues entre ambas las diferencias son mínimas, a no ser que recolectemos sus semillas y las comparemos. ¡¡¡Menos mal que no hay que hacer análisis genéticos!!! 

Como podemos deducir de todo lo escrito anteriormente, esta silene en los Acantilados, como no podría ser de otra forma, debido a las innumerables zonas de roquedos que hay, se pueden observar por varias zonas, unas más accesibles que otras, pero todas ellas tienen en común su situación cercana al mar. Aunque su número no es muy considerable, es en los años de bonanza en lluvias, donde su presencia si es más numerosa, y podemos encontrarla más fácilmente y disfrutar de su contemplación.

Así que osado caminante que te adentras por estos Acantilados, tendrás que refrescar tu rostro con las salpicaduras del mar, para poder contemplar esta bella, llamativa y escasa silene. ¡Qué tengas suerte! 


 

Zorzal común (Turdus philomelos)

 















Siempre he asociado al zorzal con las cortas tardes de otoño e invierno, y, con el frio. Siempre a la espera de que estas aves regresaran desde sus comederos hasta sus encames: desde el olivar hasta el pinar. Siempre cerca de un viso desde el que poder atisbar su acercamiento. Siempre llegar al campo con el sol todavía por encima del horizonte, y partir cuando las últimas luces del día, apenas dibujaban siluetas a nuestro alrededor. Siempre escuchando el repiqueteo, casi incesante, de las escopetas. Siempre estando alerta y atento a donde caían los zorzales abatidos, y llevando la cuenta de los caídos, para cuando se produjera, uno de esos escasos momentos de tranquilidad en el paso, salir a recogerlos. Siempre los asocié a unas cuantas manos desplumándolos para freírlos en la perola con ajos.

Para mí el zorzal, nunca fue un ave diurna ni nocturna, fue un pájaro entre dos luces. Fue un ave en constante vuelo que si se acercaba más de lo debido, corría un grave riesgo. Nunca lo vi posado, o correteando por el suelo en busca de ese “bichillo” o semilla que echarse a la boca.  No tenía otra alternativa, que salir volando para escapar, o terminar en el zurrón o en la percha. Cuando he podido encontrarme tan de cerca y a distintas horas, con el zorzal en los Acantilados, todas esas imágenes han vuelto a mi mente, pero sólo como recuerdos de una niñez que me acercaban también a la Naturaleza, pero con unas motivaciones totalmente distintas. Ha sido en estos otros encuentros, cuando realmente he conocido al zorzal. He contemplado su desconfianza y astucia de túrdido en los primeros momentos, y su confianza y temeridad posteriores.

No es muy asiduo el zorzal por los Acantilados. Aparece por las zonas donde los escasos olivos muestran sus frutos que irán tirando conforme vayan madurando. Frutos que aprovecharán además del zorzal, “túrdidos” como el mirlo y el roquero. También aprovecharán los frutos de los lentiscos, que estarán repletos cuando lleguen.  A pesar de que las temperaturas, durante el otoño e invierno en los Acantilados son suaves, los zorzales están por estos parajes durante un breve tiempo, y en número más bien escaso. Estos años atrás, donde la falta de agua ha sido un gran problema, y por ende la falta de alimentos por toda la zona, el zorzal apenas se ha dejado de ver. Algunos ejemplares sueltos, volaban entre los olivos, como ánimas en el purgatorio buscando mejores paraísos. Su fino reclamo agudo y suave, así como su voz de alarma, nerviosa y estridente, son las que la mayoría de las veces, nos alertan de su presencia.
Como buen “túrdido”, es desconfiado y huidizo al principio, pero cuando coge confianza…..se muestra sin temor ni turbación alguna.

Así, que intrépido y observador caminante que tienes la misma costumbre que el zorzal: aparecer por las rutas de los Acantilados cuando el estío va desapareciendo de los Acantilados. Quizás tengas la suerte, en alguna de tus caminatas, de toparte con algún ejemplar. Abre bien los ojos, para poder diferenciarla de mirlos y roqueros, y disfruta de su escasa presencia por estos pequeños Acantilados.