La “escupiera”















Abandonada y escondida en unos de mis paseos por estos Acantilados, me topé con esta escupidera, bacín, beque, borcelana, pelela, sillico,…….. Fue verla, y no dudar ni un minuto en fotografiarla y en pensar que podía ser la protagonista de una de las entradas del blog; porque este objeto fue una parte cotidiana de nuestras vidas, y como no, de la vida de los pobladores de estos Acantilados.

En el andaluz de nuestra zona, siempre fue la “escupiera”.

El tiempo como podéis observar ya había hecho su trabajo sobre su esmalte, pero no había sido muy agresivo. Todavía conservaba una buena parte de su superficie en buen estado, y las manchas de herrumbre se esparcían como grandes manchas, en esa piel blanca, sin afeites, que pudieran protegerla. Podría tener cura y ser utilizada para lo que fue hecha. Pero, ¿quién utiliza ya estos bacines? Sólo en algunos museos costumbrista podemos contemplarla, como si se tratase de algún artilugio raro y prehistórico.

Su contemplación trajo a mi mente multitud de pensamientos, visiones y anécdotas: los accidentes que se producían cuando sin querer las pisabas, y todo el contenido se esparcía por la habitación; las de objetos que por descuido caían dentro; las regañinas de tu madre por que no te habías acordado de vaciarla al levantarte. Nadie quería hacerse cargo de su vaciado y limpieza. Todos, si podíamos, escurríamos el bulto en tan innoble tarea, aunque todos al acostarnos, echábamos un vistazo debajo de la cama, para ver si el objeto deseado se encontraba en el lugar adecuado.

La “escupiera” era un objeto indispensable en las casas, pero a la vez provocador de conflictos y situaciones grotescas.

Las nuevas generaciones, no saben de la importancia de estos utensilios que brotaban como hongos debajo de las camas. Cada cama tenía asignada su “escupiera”. Eran los aseos portátiles para las largas noches donde acceder al aseo principal en un momento de necesidad imperiosa, conllevaba ciertas molestias, ya que la mayoría de ellos se encontraban ubicados en los patios de la casa. 

Años atrás, cuando veraneaba en una casona antigua, donde los dormitorios estaban situados en las plantas superiores de la casa, y los aseos en la planta inferior, tenía que utilizar la “escupiera” para las ocasiones de emergencia. En esos momentos afloraban nuevamente todos los recuerdos. 

Actualmente, osado caminante, este utensilio está prácticamente en desuso. En los Acantilados como podrás observar, difícilmente te encontrarás con alguno; pero por contra, debido a la dejadez y la falta de previsión sobre la afluencia masiva de visitantes por estos parajes, los Acantilados, ¡vaya paradoja! se están convirtiendo en una enorme “escupiera”.






 

Abejorro común (Bombus terrestris)















En nuestros paseos campestres, a veces nos vemos sorprendidos por el ruido que producen los animales que pueblan la zona que recorremos: el aleteo o el canto de un pájaro, el silbido de una cabra, los ladridos del zorro, el croar de una rana…... Pero entre todos esos ruidos y quizás uno de los que nos produce un cierto terror, es el zumbido acercándose de nuestro protagonista. De ahí le viene su nombre de “bombus”, que significa zumbido o ruido sordo. Nada más escuchar su zumbido, nos ponemos alerta ante una posible picadura que nos pueda chafar el día. ¡Nada más lejos de la realidad! Pues nuestro protagonista aun siendo mucho más ruidoso y voluminoso, es también mucho más inofensivo.

No por ello, debemos bajar la guardia ante su presencia, y no molestarlos, ni hacer movimientos muy bruscos, en su deambular de flor en flor; pues a diferencia de sus parientes, el aguijón del abejorro, a no tener forma de arpón, no lo expulsa en la primera picadura, por lo que nos puede picar varias veces. Pero debemos decir en su favor, que es mucho más dócil e inofensivo que sus parientes. De echo, es el más empleado en los invernaderos para la polinización de los frutos. 

Podríamos decir que nuestro protagonista es uno de los “sin papeles” más, que trabajan a lo largo del suelo agrario patrio. El abejorro de tierra o Bombus terrestris es uno de los tipos de abejorros más empleados en la agricultura intensiva. Su faceta más conocida y reconocida. Pues se trata de un trabajador muy cualificado, barato y con una alta eficacia en su labor. Se adapta a cualquier factor climático (pueden trabajar con cielo nublado, fuerte viento, lluvia e incluso a bajas temperaturas) y su jornada laboral es mucho más amplia. Debido a su gran tamaño transporta una mayor cantidad de polen y visitan un mayor número de flores, por lo que su efectividad es mayor que la de otros polinizadores. Puede conseguir una mayor producción, un incremento de la calidad en los frutos y hortalizas, y una disminución en el coste de la mano de obra. También su “docilidad” le hace que pueda trabajar en lugares cerrados como los invernaderos, sin presentar un peligro para las personas que trabajan en el mismo. ¡Qué más le podemos pedir a un trabajador del campo!

A los Acantilados no ha llegado la fiebre de los invernaderos. Es una mancha en todo el litoral en la que el plástico sólo hace acto de presencia, ante el descuido producido por una desafortunado visitante, que sin querer ha dejado olvidada esa bolsa transportada en la mochila. Por ello, el abejorro campa libre de flor en flor, sin verse constreñido a las dimensiones de una estructura de hierro y plástico. Ni a jornadas laborables extensas, ni a ser engañado con multitud de flores, siempre de la misma especie a las que tener que visitar. En los Acantilados tiene toda la primavera y toda la extensión de este pequeño paraje, para desarrollar su vida a su ritmo, y una amplia variedad de flores de las que impregnarse de polen. 

Así que sagaz e inteligente senderista que te adentras por las veredas de estos Acantilados en primavera, si vas con ojo avizor escrutando la diversidad de flores que hayan salido, podrás ver entre “cistus”, “phlomis” “lavandas” y demás especies, a nuestro protagonista atareado y con granos de polen por todo el cuerpo, en su deambular incansable. Si no lo ves, pero lo escuchas acercarse, quédate inmóvil, pues estará más interesado en buscar esa esplendorosa flor atiborrada de polen, que tu piel aromatizada con protector solar donde hincar su preciado aguijón.






 

Cantueso (Lavandula stoechas)















El término ”cantueso” corresponde a varias categorías botánicas pertenecientes a especies de la familia de las Lamiáceas:  “lavandula pedunculata”, “thymus moroderi “o “Lavandula stoechas”.  Entre ellos, el que tiene una mayor difusión en nuestro país es el que se refiere a la “Lavandula stoechas”, correspondiendo a esta especie la mayoría de las mieles vendidas como de “cantueso”. La lavanda en general es una de esas plantas de la que hay una extensa documentación. Ha sido conocida desde la antigüedad por sus variadas propiedades: antisépticas, analgésicas, bactericidas, vasodilatadoras, antinflamatorias de dolores musculares y se considera un sedante suave. Pero no sólo sus propiedades curativas han sido exaltadas, su aceite esencial es el más utilizado en perfumería con diferencia y esta variedad de lavanda también es muy aromática. El nombre Lavanda proviene del latín Lavare (Lavar), por lo que su uso dentro del baño fue y sigue siendo muy extendido actualmente. Los griegos ya elaboraban aceite de lavanda para usarlo como perfume, y los romanos la usaban para sus rituales y ofrendas. También en la Edad Media, los monjes cultivaban flores de lavanda para fines medicinales. Incluso, se ha utilizado durante siglos en todos aquellos aspectos relacionados con el amor: rituales de amor, pócimas para atraer al sexo opuesto, hechizos para "calmar" o dulcificar una relación sentimental, ……. Difícil de igualar tan  extenso abanico de propiedades y empleos.

Descritas algunas de sus bondades y usos a lo largo de la historia, debemos hacer justicia también a sus características como planta. Su resistencia tanto al calor como al frío, pues puede soportar los más rigurosos y calurosos días del verano, como temperaturas invernales entre los -5 y -10 grados, la hacen una de esas plantas que se adaptan perfectamente a nuestro clima. En los Acantilados la “Lavandula stoechas”no tiene por qué preocuparse de las temperaturas gélidas del invierno, pero sí que tendrá que hacer frente a los largos y calurosos periodos estivales. Es una de los tres “lavandas” que podemos encontrar en nuestras caminatas. Comparte suelo y clima con la “lavandula  multifida” y la “lavandula dentata”, de las que hablaremos en entradas futuras. No es la más numerosas de las tres, por lo que los ejemplares de “lavandula stoechas” podemos encontrarlos dispersos, por los distintos ecosistemas que conforman los Acantilados. Su robustez y penacho de sus flores las hacen fácilmente distinguibles de las otras lavandulas, así como la forma de sus hojas. Debido a que por estos lares, la primavera tiene la suerte de llegar antes, que a ciertos grandes almacenes de renombre, será a finales de febrero y principios de marzo cuando podamos encontrar los ejemplares de “stoechas” en su máximo esplendor. Pero todo ello, dependerá siempre de la inestimable aquiescencia de las lluvias caídas durante el otoño-invierno que se vive por estos Acantilados, que serán las que nos muestren la mejor cara de ésta y de las otras lavándulas.

Así, que observador y perspicaz naturalista que recorres estos Acantilados, si sólo tienes presente la primavera cuando te la recuerda cierta moda de esos grandes almacenes que todos conocemos, quizás ya, sea tarde para observar a la lavandula stoechas en todo su esplendor. Debes adelantarte, coger tu mochila y recorrer los Acantilados para embriagarte del balsámico y del colorista espectáculo que te brinda tan singular y afamada planta.