Zorzal común (Turdus philomelos)

 















Siempre he asociado al zorzal con las cortas tardes de otoño e invierno, y, con el frio. Siempre a la espera de que estas aves regresaran desde sus comederos hasta sus encames: desde el olivar hasta el pinar. Siempre cerca de un viso desde el que poder atisbar su acercamiento. Siempre llegar al campo con el sol todavía por encima del horizonte, y partir cuando las últimas luces del día, apenas dibujaban siluetas a nuestro alrededor. Siempre escuchando el repiqueteo, casi incesante, de las escopetas. Siempre estando alerta y atento a donde caían los zorzales abatidos, y llevando la cuenta de los caídos, para cuando se produjera, uno de esos escasos momentos de tranquilidad en el paso, salir a recogerlos. Siempre los asocié a unas cuantas manos desplumándolos para freírlos en la perola con ajos.

Para mí el zorzal, nunca fue un ave diurna ni nocturna, fue un pájaro entre dos luces. Fue un ave en constante vuelo que si se acercaba más de lo debido, corría un grave riesgo. Nunca lo vi posado, o correteando por el suelo en busca de ese “bichillo” o semilla que echarse a la boca.  No tenía otra alternativa, que salir volando para escapar, o terminar en el zurrón o en la percha. Cuando he podido encontrarme tan de cerca y a distintas horas, con el zorzal en los Acantilados, todas esas imágenes han vuelto a mi mente, pero sólo como recuerdos de una niñez que me acercaban también a la Naturaleza, pero con unas motivaciones totalmente distintas. Ha sido en estos otros encuentros, cuando realmente he conocido al zorzal. He contemplado su desconfianza y astucia de túrdido en los primeros momentos, y su confianza y temeridad posteriores.

No es muy asiduo el zorzal por los Acantilados. Aparece por las zonas donde los escasos olivos muestran sus frutos que irán tirando conforme vayan madurando. Frutos que aprovecharán además del zorzal, “túrdidos” como el mirlo y el roquero. También aprovecharán los frutos de los lentiscos, que estarán repletos cuando lleguen.  A pesar de que las temperaturas, durante el otoño e invierno en los Acantilados son suaves, los zorzales están por estos parajes durante un breve tiempo, y en número más bien escaso. Estos años atrás, donde la falta de agua ha sido un gran problema, y por ende la falta de alimentos por toda la zona, el zorzal apenas se ha dejado de ver. Algunos ejemplares sueltos, volaban entre los olivos, como ánimas en el purgatorio buscando mejores paraísos. Su fino reclamo agudo y suave, así como su voz de alarma, nerviosa y estridente, son las que la mayoría de las veces, nos alertan de su presencia.
Como buen “túrdido”, es desconfiado y huidizo al principio, pero cuando coge confianza…..se muestra sin temor ni turbación alguna.

Así, que intrépido y observador caminante que tienes la misma costumbre que el zorzal: aparecer por las rutas de los Acantilados cuando el estío va desapareciendo de los Acantilados. Quizás tengas la suerte, en alguna de tus caminatas, de toparte con algún ejemplar. Abre bien los ojos, para poder diferenciarla de mirlos y roqueros, y disfruta de su escasa presencia por estos pequeños Acantilados.


















¡Vallas al campo!















Nuestra sociedad actual, vive inmersa en una obsesión por la seguridad: en la ciudad, en el trabajo, en la casa, en nuestros desplazamientos,…… hasta para nuestro último momento por este mundo, debemos contar con un seguro. Asesorada por compañías expertas en el asunto, velará por nosotros y por nuestros actos. Pero si a pesar de todo, por cualquier motivo, falla algunos de los sistemas establecidos para nuestra seguridad; rápidamente se pondrán en funcionamiento los mecanismos correctores, para que cualquier acto pernicioso que se pueda cometer, sea castigado y a la vez recompensado, en su justa medida. ¡Claro, previo pago de la póliza establecida!

Cualquier actividad donde se ponga en cuestión la posibilidad de no hacer frente a un imprevisto, somos requeridos para contratar  un aval, que nos dé esa seguridad y responda a lo imprevisible.
Esto hace de que vivamos rodeados de sistemas de seguridad, y de que nos sintamos muchas veces, de forma errónea, inmunes a todo. Flotamos en una burbuja de seguridad paternal. 
Cada vez más, sentimos la sensación, de que nos acercamos a la eternidad, como consecuencia acaso, de esa pompa que creemos que nos proteje; alejándonos y olvidándonos de manera inconsciente de la existencia del “riesgo”.
Cuando vamos por nuestras autovías a ciento y algo de kilómetros por hora, y contemplamos esas señales alertándonos de que animales salvajes pueden cruzarse en nuestro camino, apenas nos hacen reaccionar y tomarnos el trayecto con más cautela; pues vemos, que toda nuestra ruta está asegurada por kilómetros de vallas a pruebas de animales despistados que no son capaces de distinguir un claro de un bosque, de una peligrosa vía. 

Pero realmente, quien no está distinguiendo y leyendo con claridad “la realidad”, somos nosotros, cuando afrontamos ese tramo sin considerar que los animales racionales somos nosotros, y que en nuestro afán de progresar, estamos ocupando demasiado terreno a animales menos racionales, y por ende más controlados por sus impulsos primarios, por sus querencias.
Nuestros Acantilados como comentamos con anterioridad, están surcados por varias carreteras. Una de ellas, la situada al norte de los mismos, es una autovía de reciente construcción, con sus sistemas de seguridad de última generación; con infinidad de kilómetros de vallas para que nada extraño entre en nuestra zona de seguridad durante la conducción; pero de los que nuestra cabra hispánica, tan tozuda  y anárquica como todo nuestro ser, se salta a la torera cuando le viene en gana.
Esta vía de comunicación ha sido construida entre un extenso Parque Natural, donde la cabra es su especie más emblemática y un Paraje Natural terrestre-marítimo, donde este ungulado ha encontrado su solaz para combatir los rigores de las montañas cercanas. La cabra ha utilizado desde época remota distintas rutas para unir ambos parajes. 
Hasta el momento, no se ha leído nuestro código de circulación. No distingue una calzada, de un carril de aceleración o de entrada. Continuamente están al límite de sobrepasar esa delgada línea de nuestra seguridad en las distintas calzadas que utilizamos. No hay valla que no pueda saltar o esquivar esta animal tan ágil.

Valgan estas imágenes para hacernos ver, que la cautela en ciertos trayectos es nuestro mejor sistema de seguridad, y que los sofisticados sistemas de nuestros automóviles, y los instalados en las autovías son infructuosos, para hacer frente a la fauna salvaje; y, que realmente, cuando nos encontramos en las distintas vías, la señal: “Precaución animales salvajes”; estos realmente andan rondando los alrededores.


 

Arroyo de Cantarriján















Ha tardado diez años en presentarse como tal. Nunca antes lo había visto lucir las galas de un verdadero arroyo, y lo conocía desde hacía décadas. Alguna vez incluso, pude contemplar como intentaba sacar pecho y mostrarse como lo que es, un arroyo. Pero todo quedó en eso, sacar pecho. En mi mente nunca lo había tenido como tal, siempre lo contemplé como una senda arenosa y pedregosa por la que alguna vez corrió el agua. También, una vieja tubería rota, daba testimonio de que el agua había estado presente por ese lugar, aunque ésta estuviese constreñida al pequeño diámetro del tubo de hierro. ¡Siempre esperé a que manara agua de la tubería! A que el pozo, el manantial, la fuente o la mina, que inspiró la idea de llevar hasta ella una tubería, se mostrara capaz de aportar algo de caudal, que saliese por esa robusta y vieja tubería. Pero nunca llegó a producirse. Ni siquiera ahora, que el arroyo ha vuelto a salir, la tubería ha sido capaz de dar el servicio para lo que fue construida. El agua,  “ha pasado de ella”.

Estas últimas lluvias han hecho reverdecer el sentimiento importante de reconocerse como lo que es, un arroyo. Por los indicios que se muestran a todo lo largo de su cauce, el agua ha descendido con fuerza e ímpetu por los terrenos que bien conoció en mejores tiempos. Se ha sentido poderosa y ha arrastrado cuanto se ha puesto en su camino. Le ha dado al arroyo, todo el poder destructivo y bravío que algunas veces sacan los ríos y arroyos de estos lares. Realmente se ha sentido como ese límite que separa dos territorios provinciales, y por unas horas ha frenado cualquier paso de una provincia a otra.

No he sido testigo de ese momento del poder del agua saltando con fuerza por cataratas y toboganes labrados en la piedra a lo largo de siglos. Chocando con fuerza contra las paredes que les sirven de frontera, dejando a lo largo del todo el cauce las huellas de su furia y enojo. Reclamando con virulencia sus terrenos ladinamente expropiados, y agrandando esa estrecha senda de servidumbre, que quieren hacerle ver, que esa es sólo, la parcela por la que tiene que discurrir. ¡Cuánto me hubiera gustado verlo en esas circunstancias! ¡Sentir ese placer de que por algunas horas lo natural y verdadero, vence a lo artificial e irracional!

Cuando he podido ver realmente lo que es el arroyo, éste estaba ya convertido en un arroyo manso, relajado tras la lucha librada con el entorno. Cayendo despacio por pequeñas cataratas y deslizándose juguetón por los toboganes. Trazando suaves meandros por la pequeña llanura cercana a la playa, pero todavía, mostrando los restos de su festín. El agua, aún achocolatada, por ese engullir de cosas artificiales y superfluas, era limpiada a su contacto con el mar. La espuma de las olas iban aseando y blanqueando toda esa inmundicia que se encontró a su paso. El encuentro entre esa ingente masa de agua, con el diminuto hilo achocolatado, se percibe sin acritud. El mar le tiende los brazos y va acomodando en su regazo a este insignificante arroyo.

¡Por fin, el arroyo, ha cumplido con su deber!