Silene obtusifolia















Complicado ha sido encontrar imágenes para esta entrada sobre la silense obtusifolia. Su posible confusión con otras silenes, hace que haya que ir con pies de plomo para no introducir fotos que no pertenezcan a la especie. De todas maneras, observador caminante que te adentras por estos parajes, si has visto con detenimiento las imágenes que acompañan a esta entrada, y observas que se ha colado alguna, que no concuerde con la silene obtusifolia, házmelo llegar sin ningún tipo de problema. ¡Para determinadas especies hay que realizar una maestría en botánica! Aunque dichas especies, como las que nos ocupa tengan los roquedos calizos en acantilados marinos, como su hábitat natural; y ello, ya de por sí, restrinja bastante las especies que se adapten bien a tan inhóspito hábitat. Pero aún así, siempre hay algunas familias que tienen varias especies que nos puedan llevar al error.

La silense obtusifolia tiene una área bastante restringida. Rara en arenales costeros, pero como hemos dicho anteriormente, presente en roquedos costeros, la podemos encontrar en el sur de la Península Ibérica, Argelia, Marruecos y Canarias (Lanzarote). Es por lo tanto una planta difícil de encontrar y poder observar, aunque no es una rareza. Sólo necesitamos acercarnos a su hábitat habitual en la época adecuada y podemos observarla sin ningún tipo de problema. Es importante lo de la época adecuada, pues su vida en tan exigente hábitat, hace que su presencia sea durante un corto periodo de tiempo; y para más dificultad, durante ese año las lluvias no se han dejado de ver por esos parajes, todavía se reduce más su ¡Eso sí! Cuidado con no confundirla con la “colorata”, pues entre ambas las diferencias son mínimas, a no ser que recolectemos sus semillas y las comparemos. ¡¡¡Menos mal que no hay que hacer análisis genéticos!!! 

omo podemos deducir de todo lo escrito anteriormente, esta silene en los Acantilados, como no podría ser de otra forma, debido a las innumerables zonas de roquedos que hay, se pueden observar por varias zonas, unas más accesibles que otras, pero todas ellas tienen en común su situación cercana al mar. Aunque su número no es muy considerable, es en los años de bonanza en lluvias, donde su presencia si es más numerosa, y podemos encontrarla más fácilmente y disfrutar de su contemplación.

Así que osado caminante que te adentras por estos Acantilados, tendrás que refrescar tu rostro con las salpicaduras del mar, para poder contemplar esta bella, llamativa y escasa silene. ¡Qué tengas suerte! 


 

Zorzal común (Turdus philomelos)

 















Siempre he asociado al zorzal con las cortas tardes de otoño e invierno, y, con el frio. Siempre a la espera de que estas aves regresaran desde sus comederos hasta sus encames: desde el olivar hasta el pinar. Siempre cerca de un viso desde el que poder atisbar su acercamiento. Siempre llegar al campo con el sol todavía por encima del horizonte, y partir cuando las últimas luces del día, apenas dibujaban siluetas a nuestro alrededor. Siempre escuchando el repiqueteo, casi incesante, de las escopetas. Siempre estando alerta y atento a donde caían los zorzales abatidos, y llevando la cuenta de los caídos, para cuando se produjera, uno de esos escasos momentos de tranquilidad en el paso, salir a recogerlos. Siempre los asocié a unas cuantas manos desplumándolos para freírlos en la perola con ajos.

Para mí el zorzal, nunca fue un ave diurna ni nocturna, fue un pájaro entre dos luces. Fue un ave en constante vuelo que si se acercaba más de lo debido, corría un grave riesgo. Nunca lo vi posado, o correteando por el suelo en busca de ese “bichillo” o semilla que echarse a la boca.  No tenía otra alternativa, que salir volando para escapar, o terminar en el zurrón o en la percha. Cuando he podido encontrarme tan de cerca y a distintas horas, con el zorzal en los Acantilados, todas esas imágenes han vuelto a mi mente, pero sólo como recuerdos de una niñez que me acercaban también a la Naturaleza, pero con unas motivaciones totalmente distintas. Ha sido en estos otros encuentros, cuando realmente he conocido al zorzal. He contemplado su desconfianza y astucia de túrdido en los primeros momentos, y su confianza y temeridad posteriores.

No es muy asiduo el zorzal por los Acantilados. Aparece por las zonas donde los escasos olivos muestran sus frutos que irán tirando conforme vayan madurando. Frutos que aprovecharán además del zorzal, “túrdidos” como el mirlo y el roquero. También aprovecharán los frutos de los lentiscos, que estarán repletos cuando lleguen.  A pesar de que las temperaturas, durante el otoño e invierno en los Acantilados son suaves, los zorzales están por estos parajes durante un breve tiempo, y en número más bien escaso. Estos años atrás, donde la falta de agua ha sido un gran problema, y por ende la falta de alimentos por toda la zona, el zorzal apenas se ha dejado de ver. Algunos ejemplares sueltos, volaban entre los olivos, como ánimas en el purgatorio buscando mejores paraísos. Su fino reclamo agudo y suave, así como su voz de alarma, nerviosa y estridente, son las que la mayoría de las veces, nos alertan de su presencia.
Como buen “túrdido”, es desconfiado y huidizo al principio, pero cuando coge confianza…..se muestra sin temor ni turbación alguna.

Así, que intrépido y observador caminante que tienes la misma costumbre que el zorzal: aparecer por las rutas de los Acantilados cuando el estío va desapareciendo de los Acantilados. Quizás tengas la suerte, en alguna de tus caminatas, de toparte con algún ejemplar. Abre bien los ojos, para poder diferenciarla de mirlos y roqueros, y disfruta de su escasa presencia por estos pequeños Acantilados.


















¡Vallas al campo!















Nuestra sociedad actual, vive inmersa en una obsesión por la seguridad: en la ciudad, en el trabajo, en la casa, en nuestros desplazamientos,…… hasta para nuestro último momento por este mundo, debemos contar con un seguro. Asesorada por compañías expertas en el asunto, velará por nosotros y por nuestros actos. Pero si a pesar de todo, por cualquier motivo, falla algunos de los sistemas establecidos para nuestra seguridad; rápidamente se pondrán en funcionamiento los mecanismos correctores, para que cualquier acto pernicioso que se pueda cometer, sea castigado y a la vez recompensado, en su justa medida. ¡Claro, previo pago de la póliza establecida!

Cualquier actividad donde se ponga en cuestión la posibilidad de no hacer frente a un imprevisto, somos requeridos para contratar  un aval, que nos dé esa seguridad y responda a lo imprevisible.
Esto hace de que vivamos rodeados de sistemas de seguridad, y de que nos sintamos muchas veces, de forma errónea, inmunes a todo. Flotamos en una burbuja de seguridad paternal. 
Cada vez más, sentimos la sensación, de que nos acercamos a la eternidad, como consecuencia acaso, de esa pompa que creemos que nos proteje; alejándonos y olvidándonos de manera inconsciente de la existencia del “riesgo”.
Cuando vamos por nuestras autovías a ciento y algo de kilómetros por hora, y contemplamos esas señales alertándonos de que animales salvajes pueden cruzarse en nuestro camino, apenas nos hacen reaccionar y tomarnos el trayecto con más cautela; pues vemos, que toda nuestra ruta está asegurada por kilómetros de vallas a pruebas de animales despistados que no son capaces de distinguir un claro de un bosque, de una peligrosa vía. 

Pero realmente, quien no está distinguiendo y leyendo con claridad “la realidad”, somos nosotros, cuando afrontamos ese tramo sin considerar que los animales racionales somos nosotros, y que en nuestro afán de progresar, estamos ocupando demasiado terreno a animales menos racionales, y por ende más controlados por sus impulsos primarios, por sus querencias.
Nuestros Acantilados como comentamos con anterioridad, están surcados por varias carreteras. Una de ellas, la situada al norte de los mismos, es una autovía de reciente construcción, con sus sistemas de seguridad de última generación; con infinidad de kilómetros de vallas para que nada extraño entre en nuestra zona de seguridad durante la conducción; pero de los que nuestra cabra hispánica, tan tozuda  y anárquica como todo nuestro ser, se salta a la torera cuando le viene en gana.
Esta vía de comunicación ha sido construida entre un extenso Parque Natural, donde la cabra es su especie más emblemática y un Paraje Natural terrestre-marítimo, donde este ungulado ha encontrado su solaz para combatir los rigores de las montañas cercanas. La cabra ha utilizado desde época remota distintas rutas para unir ambos parajes. 
Hasta el momento, no se ha leído nuestro código de circulación. No distingue una calzada, de un carril de aceleración o de entrada. Continuamente están al límite de sobrepasar esa delgada línea de nuestra seguridad en las distintas calzadas que utilizamos. No hay valla que no pueda saltar o esquivar esta animal tan ágil.

Valgan estas imágenes para hacernos ver, que la cautela en ciertos trayectos es nuestro mejor sistema de seguridad, y que los sofisticados sistemas de nuestros automóviles, y los instalados en las autovías son infructuosos, para hacer frente a la fauna salvaje; y, que realmente, cuando nos encontramos en las distintas vías, la señal: “Precaución animales salvajes”; estos realmente andan rondando los alrededores.