Nos encontramos ante uno de esos dilemas, que son bastantes difíciles de comprender, pero que se nos muestran de una forma tan normal, que no nos parece tan importante ni tan grave como pudiera ser. La adelfa está considerada como una planta tóxica capaz de producir la muerte al hombre y a los animales que la ingieren. A pesar de esta afirmación tan rotunda, las medianas de las carreteras, los parques y jardines utilizan las adelfas como plantas ornamentales. Aunque es cierto, que su toxicidad tradicionalmente se ha exagerado hasta límites extremos, llegándose a creer que por dormir bajo su sombra o beber del agua próxima a donde vive la planta se pueden sufrir sus efectos negativos, como por ejemplo la caída del pelo. También hay una leyenda, que dice, que durante la Guerra de la Independencia Española (1808) un pelotón de soldados de Napoleón sufrió las consecuencias del mal uso de la adelfa. Como cualquier leyenda, hay varias versiones sobre lo sucedido. Hay quien dice que fueron los españoles quienes prepararon el asado, y otra versión que apunta, a que fueron los propios soldados quienes utilizaron estacas de adelfa que encontraron alrededor del lugar donde acamparon para asar carne. Ocho soldados murieron y otros cuatro quedaran gravemente intoxicados.
¿Cómo ha podido sobrevivir una especie tan tóxica y ser tan empleada? Hay quien apunta a que su profusa y variada floración, su explosión floral cuando llega el verano, haya sido su mejor marca-presentación para contrarrestar su temerosa peligrosidad. Aquí entra en juego el psicoanálisis: Eros, el impulso de la vida y de la creación, representada por la belleza de sus flores; vence a Tánatos, la muerte, representada por su alta toxicidad.
Pero no sólo, presenta esta contradicción en cuanto a su peligrosidad, sino que también la presenta en cuanto a los hábitats donde las podemos encontrar. Su etimología “Nerium” se refiere a que crece cerca de corrientes de agua, y por contra, las encontramos masivamente plantadas en las medianas de las autovías donde el agua brilla por su ausencia. Nueva dicotomía para la adelfa: Nerium, que nos indica que crece cerca de corrientes de agua; Oleander, que nos indica que sus hojas se parecen a las del olivo, árbol que se caracteriza por aguantar bien las épocas de sequía. Agua-vida, Sequía-muerte, otra vez el dichoso psicoanálisis.
En los Acantilados, por lo menos, la dicotomía del hábitat no queda reflejada. Podemos encontrarla sólo en jardines y vallados de las edificaciones residenciales, donde el riego es estable; y en los cauces de ríos y arroyos, haciendo honor a su Nerium etimológico. Debido a que la longitud de ríos y arroyos es más bien cortita, su presencia no es muy abundante. Podemos encontrar ejemplares salteados por los distintos arroyos, y más común por las zonas donde afloran las aguas dulces superficiales; por lo que, en los Acantilados nos perdemos su bella floración antes del verano.
Pero audaz e intrépido caminante, no quiero dejarte sólo con el desasosiego de la toxicidad y peligrosidad de la adelfa, menos dramáticos son algunos usos. En algunos lugares se realizan coronas, no para ponerlas en el pelo, por lo de su fama de dejarnos calvos, sino como coronas de homenaje durante la víspera de San Juan. Se realiza un tipo de ritual en recuerdo a los marineros que encontraron en el mar su sepultura, lanzando al mar coronas de adelfa la víspera de la noche mágica.
Así que si te da por celebrar, osado y audaz caminante, la noche de San Juan en algunas de las playas o calas de los Acantilados, y ves flotar una corona de adelfas por el manso rebalaje, recuerda, que alguien rinde tributo a cuantos descansan en el inmenso cementerio en el que se está convirtiendo nuestro mar de Alborán, aunque la inmensa mayoría no sean marineros. Si eres creyente puedes rezar por ellos, si no lo fueses, sencillamente guarda respeto a su paso.






