En nuestros paseos campestres, a veces nos vemos sorprendidos por el ruido que producen los animales que pueblan la zona que recorremos: el aleteo o el canto de un pájaro, el silbido de una cabra, los ladridos del zorro, el croar de una rana…... Pero entre todos esos ruidos y quizás uno de los que nos produce un cierto terror, es el zumbido acercándose de nuestro protagonista. De ahí le viene su nombre de “bombus”, que significa zumbido o ruido sordo. Nada más escuchar su zumbido, nos ponemos alerta ante una posible picadura que nos pueda chafar el día. ¡Nada más lejos de la realidad! Pues nuestro protagonista aun siendo mucho más ruidoso y voluminoso, es también mucho más inofensivo.
No por ello, debemos bajar la guardia ante su presencia, y no molestarlos, ni hacer movimientos muy bruscos, en su deambular de flor en flor; pues a diferencia de sus parientes, el aguijón del abejorro, a no tener forma de arpón, no lo expulsa en la primera picadura, por lo que nos puede picar varias veces. Pero debemos decir en su favor, que es mucho más dócil e inofensivo que sus parientes. De echo, es el más empleado en los invernaderos para la polinización de los frutos.
Podríamos decir que nuestro protagonista es uno de los “sin papeles” más, que trabajan a lo largo del suelo agrario patrio. El abejorro de tierra o Bombus terrestris es uno de los tipos de abejorros más empleados en la agricultura intensiva. Su faceta más conocida y reconocida. Pues se trata de un trabajador muy cualificado, barato y con una alta eficacia en su labor. Se adapta a cualquier factor climático (pueden trabajar con cielo nublado, fuerte viento, lluvia e incluso a bajas temperaturas) y su jornada laboral es mucho más amplia. Debido a su gran tamaño transporta una mayor cantidad de polen y visitan un mayor número de flores, por lo que su efectividad es mayor que la de otros polinizadores. Puede conseguir una mayor producción, un incremento de la calidad en los frutos y hortalizas, y una disminución en el coste de la mano de obra. También su “docilidad” le hace que pueda trabajar en lugares cerrados como los invernaderos, sin presentar un peligro para las personas que trabajan en el mismo. ¡Qué más le podemos pedir a un trabajador del campo!
A los Acantilados no ha llegado la fiebre de los invernaderos. Es una mancha en todo el litoral en la que el plástico sólo hace acto de presencia, ante el descuido producido por una desafortunado visitante, que sin querer ha dejado olvidada esa bolsa transportada en la mochila. Por ello, el abejorro campa libre de flor en flor, sin verse constreñido a las dimensiones de una estructura de hierro y plástico. Ni a jornadas laborables extensas, ni a ser engañado con multitud de flores, siempre de la misma especie a las que tener que visitar. En los Acantilados tiene toda la primavera y toda la extensión de este pequeño paraje, para desarrollar su vida a su ritmo, y una amplia variedad de flores de las que impregnarse de polen.
Así que sagaz e inteligente senderista que te adentras por las veredas de estos Acantilados en primavera, si vas con ojo avizor escrutando la diversidad de flores que hayan salido, podrás ver entre “cistus”, “phlomis” “lavandas” y demás especies, a nuestro protagonista atareado y con granos de polen por todo el cuerpo, en su deambular incansable. Si no lo ves, pero lo escuchas acercarse, quédate inmóvil, pues estará más interesado en buscar esa esplendorosa flor atiborrada de polen, que tu piel aromatizada con protector solar donde hincar su preciado aguijón.







