Mejores tiempos vivió este enorme edificio, que hoy es contemplado, pero no admirado, por encontrarse junto a una de las playas de moda para los surfistas de la zona. Todos saben que la playa en cuestión es la del Molino de Papel, pero pocos sabrán de la importancia que tuvo ese gran caserón, por el que pasan a su lado, para trasladar sus bártulos y tablas, y acceder a esa guijarrosa playa.
Tiempos del trasegar de barcos aportando trapos y harapos, recogido en colonias y ciudades, para la obtención de un excelente papel blanco; y de barcos, transportando el papel hasta la industrializada Málaga. Papel utilizado para el envasado de frutas y de pasas, y sobre todo para abastecer de materia prima a la Real Fábrica de Naipes de Macharaviaya. ¡Ya entonces el juego, era un negocio bastante lucrativo!
¿Cuántas barajas de cartas hechas con el material elaborado en el Molino se distribuyeron por toda Latinoamérica? ¿En cuántos tugurios, timbirimbas, antros, timbas, desplumaderos, fueron arruinados los desafortunados, con naipes fabricados con papel del Molino?
La rueda de la “fortuna” que comienza y termina con los mismos mortales: “los desafortunados”. Desafortunados que tienen que trabajar en unas condiciones de vida insalubres en los sótanos de los molinos para la obtención del papel. Con enorme humedad, falta de luz y un ruido ensordecedor de los mazos al golpear las tinas, para ir deshaciendo, hasta formar una pasta, los harapos troceados a mano. Desafortunados que creían que las cartas que tenían entre sus manos, les llevarían hacia la gloria, pero que terminarían la mayoría de las veces, entrando por las puertas del abismo.
Pero el tiempo, tiene ese poder insólito del olvido y de relativizarlo todo, y este descomunal edificio, ya en desuso desde hace casi un siglo, sigue perfectamente conservado y actualmente habitado. Hay quienes abogan por la restauración de las zonas propiamente dichas del molino, que son las que en peor estado están. La necesidad de recuperar el legado industrial de la zona, nos guste o no, es una tarea que cualquier administración tiene que emprender. No puede esfumarse en la neblina de la modernidad, edificios que tuvieron una relevancia en tiempos pasados. Debemos de transmitir todo ese ingente patrimonio que nuestra comarca conserva, y este molino de Centurión es un ejemplo. Con “sol y playa”, pero sin agua, hemos estado viviendo durante décadas, pero los nuevos turistas, ya no se conforman sólo con eso. Debemos ofertarles todo lo que tenemos oculto en cuanto a Patrimonio histórico y cultural.
Así que osado surfista, playero o senderista que bajas a la playa del Molino de papel esperando seguir la ruta, o esperando coger esa ola soñada, o simplemente, para darte un refrescón en sus cristalinas aguas; espero que cuando pases junto a ese enorme edificio, lo contemples con otros ojos.
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