Nuestra sociedad actual, vive inmersa en una obsesión por la seguridad: en la ciudad, en el trabajo, en la casa, en nuestros desplazamientos,…… hasta para nuestro último momento por este mundo, debemos contar con un seguro. Asesorada por compañías expertas en el asunto, velará por nosotros y por nuestros actos. Pero si a pesar de todo, por cualquier motivo, falla algunos de los sistemas establecidos para nuestra seguridad; rápidamente se pondrán en funcionamiento los mecanismos correctores, para que cualquier acto pernicioso que se pueda cometer, sea castigado y a la vez recompensado, en su justa medida. ¡Claro, previo pago de la póliza establecida!
Cualquier actividad donde se ponga en cuestión la posibilidad de no hacer frente a un imprevisto, somos requeridos para contratar un aval, que nos dé esa seguridad y responda a lo imprevisible.
Esto hace de que vivamos rodeados de sistemas de seguridad, y de que nos sintamos muchas veces, de forma errónea, inmunes a todo. Flotamos en una burbuja de seguridad paternal.
Cada vez más, sentimos la sensación, de que nos acercamos a la eternidad, como consecuencia acaso, de esa pompa que creemos que nos proteje; alejándonos y olvidándonos de manera inconsciente de la existencia del “riesgo”.
Cuando vamos por nuestras autovías a ciento y algo de kilómetros por hora, y contemplamos esas señales alertándonos de que animales salvajes pueden cruzarse en nuestro camino, apenas nos hacen reaccionar y tomarnos el trayecto con más cautela; pues vemos, que toda nuestra ruta está asegurada por kilómetros de vallas a pruebas de animales despistados que no son capaces de distinguir un claro de un bosque, de una peligrosa vía.
Pero realmente, quien no está distinguiendo y leyendo con claridad “la realidad”, somos nosotros, cuando afrontamos ese tramo sin considerar que los animales racionales somos nosotros, y que en nuestro afán de progresar, estamos ocupando demasiado terreno a animales menos racionales, y por ende más controlados por sus impulsos primarios, por sus querencias.
Nuestros Acantilados como comentamos con anterioridad, están surcados por varias carreteras. Una de ellas, la situada al norte de los mismos, es una autovía de reciente construcción, con sus sistemas de seguridad de última generación; con infinidad de kilómetros de vallas para que nada extraño entre en nuestra zona de seguridad durante la conducción; pero de los que nuestra cabra hispánica, tan tozuda y anárquica como todo nuestro ser, se salta a la torera cuando le viene en gana.
Esta vía de comunicación ha sido construida entre un extenso Parque Natural, donde la cabra es su especie más emblemática y un Paraje Natural terrestre-marítimo, donde este ungulado ha encontrado su solaz para combatir los rigores de las montañas cercanas. La cabra ha utilizado desde época remota distintas rutas para unir ambos parajes.
Hasta el momento, no se ha leído nuestro código de circulación. No distingue una calzada, de un carril de aceleración o de entrada. Continuamente están al límite de sobrepasar esa delgada línea de nuestra seguridad en las distintas calzadas que utilizamos. No hay valla que no pueda saltar o esquivar esta animal tan ágil.
Valgan estas imágenes para hacernos ver, que la cautela en ciertos trayectos es nuestro mejor sistema de seguridad, y que los sofisticados sistemas de nuestros automóviles, y los instalados en las autovías son infructuosos, para hacer frente a la fauna salvaje; y, que realmente, cuando nos encontramos en las distintas vías, la señal: “Precaución animales salvajes”; estos realmente andan rondando los alrededores.





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