Arroyo de Cantarriján















Ha tardado diez años en presentarse como tal. Nunca antes lo había visto lucir las galas de un verdadero arroyo, y lo conocía desde hacía décadas. Alguna vez incluso, pude contemplar como intentaba sacar pecho y mostrarse como lo que es, un arroyo. Pero todo quedó en eso, sacar pecho. En mi mente nunca lo había tenido como tal, siempre lo contemplé como una senda arenosa y pedregosa por la que alguna vez corrió el agua. También, una vieja tubería rota, daba testimonio de que el agua había estado presente por ese lugar, aunque ésta estuviese constreñida al pequeño diámetro del tubo de hierro. ¡Siempre esperé a que manara agua de la tubería! A que el pozo, el manantial, la fuente o la mina, que inspiró la idea de llevar hasta ella una tubería, se mostrara capaz de aportar algo de caudal, que saliese por esa robusta y vieja tubería. Pero nunca llegó a producirse. Ni siquiera ahora, que el arroyo ha vuelto a salir, la tubería ha sido capaz de dar el servicio para lo que fue construida. El agua,  “ha pasado de ella”.

Estas últimas lluvias han hecho reverdecer el sentimiento importante de reconocerse como lo que es, un arroyo. Por los indicios que se muestran a todo lo largo de su cauce, el agua ha descendido con fuerza e ímpetu por los terrenos que bien conoció en mejores tiempos. Se ha sentido poderosa y ha arrastrado cuanto se ha puesto en su camino. Le ha dado al arroyo, todo el poder destructivo y bravío que algunas veces sacan los ríos y arroyos de estos lares. Realmente se ha sentido como ese límite que separa dos territorios provinciales, y por unas horas ha frenado cualquier paso de una provincia a otra.

No he sido testigo de ese momento de poder del agua saltando con fuerza por cataratas y toboganes labrados en la piedra a lo largo de siglos. Chocando con fuerza contra las paredes que les sirven de frontera, dejando a lo largo del todo el cauce las huellas de su furia y enojo. Reclamando con virulencia sus terrenos ladinamente expropiados, y agrandando esa estrecha senda de servidumbre, que quieren hacerle ver, que esa es sólo, la parcela por la que tiene que discurrir. ¡Cuánto me hubiera gustado verlo en esas circunstancias! ¡Sentir ese placer de que por algunas horas lo natural y verdadero, vence a lo artificial e irracional!

Cuando he podido ver realmente lo que es el arroyo, éste estaba ya convertido en un arroyo manso, relajado tras la lucha librada con el entorno. Cayendo despacio por pequeñas cataratas y deslizándose juguetón por los toboganes. Trazando suaves meandros por la pequeña llanura cercana a la playa, pero todavía, mostrando los restos de su festín. El agua, aún achocolatada, por ese engullir de cosas artificiales y superfluas, era limpiada a su contacto con el mar. La espuma de las olas iban aseando y blanqueando toda esa inmundicia que se encontró a su paso. El encuentro entre esa ingente masa de agua, con el diminuto hilo achocolatado, se percibe sin acritud. El mar le tiende los brazos y va acomodando en su regazo a este insignificante arroyo.

¡Por fin, el arroyo, ha cumplido con su deber!


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario